De adulados, aduladores y demás mediocres

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No valdría la pena hablar de ellos pero quienes los han padecido no pueden ignorar su existencia: ejecutivos decentes y dedicados son relegados y hasta despedidos por la exitosa confabulación de adulados y sus aduladores, dos de las subespecies más repugnantes y prolíficas de la fauna de los mediocres que pululan y prosperan en algunas organizaciones.

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Adulados y aduladores son dos formas complementarias de corrupción y de patología de la personalidad que terminan generando severas enfermedades organizacionales. Son ejemplos de cómo desgraciadamente, muchas veces, la mediocridad triunfa y el profesionalismo puede quedar relegado.

El adulado es un tipo de persona que normalmente asciende en la escala organizacional a través de diversas malas artes (principalmente la adulación a los jefes) y que, en el fondo de su subconsciente, sabe muy bien que es un auténtico mediocre y, como lo sabe, se desvive luchando para ocultarlo aparentando lo contrario.

Toma poses de gran ejecutivo, autoritario y dictaminador; luciendo impecable en su terno de marca y, probablemente, hasta estudios de posgrado en el extranjero tenga. Incluso pudiese ser que tenga muchos talentos, pero la pena es que toda su vida los ha usado para aparentar y no para crecer como ser humano en lo profesional, en lo emocional y en lo espiritual.

Más allá de las apariencias

Si solo miramos el cascarón, quedaremos impresionados con ellos. Son un claro ejemplo de lo que el genial Enrique Jardiel Poncela decía hace cerca de un siglo: "algunas gentes son como un capullo, por fuera seda, y por dentro solo un gusano que se retuerce". Son, igualmente, el prototipo de lo que describía otro genio, el filósofo José Ingenieros, cuando hablaba del "hombre mediocre".

Como el adulado necesita una permanente reafirmación de su endeble ego, necesitará sólidos signos exteriores de que no es mediocre y de que es, más bien, grandioso. De modo que él mismo se dedica a repetirlo a los cuatro vientos, a repetírselo a si mismo y necesita enfermizamente gente a su alrededor (el adulador) que se lo repita hasta la saciedad. 



El adulado cree tener el poder, pero en realidad más poder tiene el adulador que es su contraparte, su complemento, su fomentador, su simbionte.

El adulado es fanático del "consenso" absoluto... pero en ese tipo enfermizo de falso consenso que se basa en que todos finjan estar, siempre, absolutamente de acuerdo con él y que aplaudan ruidosamente cada una de sus torpes iniciativas. Son adictos de la aprobación ajena y de la aclamación rotunda, puesto que sin esas drogas sus egos se vienen al suelo; es decir, recuperan su verdadero nivel.

Imagínense si en este contexto un mozalbete verdaderamente talentoso y con la mejor buena voluntad interviene en una reunión de gerencia y le dice: "Disculpe señor, pero creo que su proyecto no es conveniente para la organización por tal y tal razón", mientras toda la caterva de aduladores insiste en que su idea es magnífica e inmejorable. Si de apuestas se tratara, les sugiero no arriesgar ni un centavo por el futuro del imberbe aunque bienintencionado muchachito.

Pero si, por el contrario, te acercas a este jefe diciéndole con palabras y actitudes "¡Qué grande eres, eres lo máximo, sin ti la empresa se desmoronaría!", lo tendrás comiendo de tu mano y haciendo lo que tu quieras. Hazle creer que es un semi-dios y lo volverás tu esclavo. El adulado cree tener el poder, pero en realidad más poder tiene el adulador que es su contraparte, su complemento, su fomentador, su simbionte. El adulador es un campeón de la hipocresía y de la falsa sumisión; es el verdadero poder detrás del trono de hojalata del mediocre que se cree en el poder.

Adulador es quien dice cosas que ni piensa ni siente con tal de halagar el encogido ego del adulado porque disfruta manipulándolo a la vez que obtiene impresionantes ganancias al hacerlo. Es el que puede decirle "genio maravilloso" a alguien que él y todos sabemos no es sino un pobre mediocre pretencioso. El adulador es, por tanto, aquella persona inmoral (o, al menos, amoral) que no tiene el más mínimo freno ético para decir mentiras descaradas, si esto conviene a sus intereses egoístas.

Para terminar con este triste artículo y para agregarle pánico a nuestro terror, les diré que normalmente ambos, adulado y adulador, son una y la misma persona: el mismo mediocre adulado, adula a sus superiores mediocres (y gracias a ellos es que sobrevive y prospera en la organización) mientras que estimula la supervivencia y prosperidad de los subordinados que usen la táctica de adularlo.

Como vemos, este sistema de mediocridad organizacional es mucho más peligroso de lo que pudiésemos haber sospechado pues es autoperpetuante y tiene altas probabilidades de prosperar: es un cáncer que hace metástasis en cada rincón de la organización si quienes creemos no ser mediocres (roguemos que esto sea absolutamente cierto) no hacemos algo eficaz y definitivo para extirparlo. Y recuerden lo que recomiendan contra el cáncer: nada mejor que la detección precoz y que la extirpación temprana...

Nota final: me he sentido horrorizado mientras escribía este artículo al darme cuenta que conozco muchos más casos que encajan en lo descrito de los que creía antes de empezar a escribirlo, una tragedia.

 

*Este artículo fue publicado en la revista Aptitus del mes de agosto 2017.

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