Lo que cuesta una mala decisión

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Vivimos en un mundo interconectado, donde nadie está exento de tomar decisiones a diario, sean en el ámbito personal como laboral. Si debe ser parte de nuestra rutina, ¿por qué tomamos malas decisiones?

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Un artículo de la Universidad de Pensilvania, publicado en 2017, incluyó una entrevista a los autores del libro Con la misma piedra, en la que se analizan los errores más habituales al tomar decisiones. Estos son los errores que se plantean: 

  • Buscar la decisión perfecta, presionándonos innecesariamente para no fallar. En ocasiones, se cae en parálisis por análisis.
  • Ser poco realistas y confundir lo que sucede con lo que quisiéramos que suceda.
  • Hacerse trampas, dejar la racionalidad de lado y tender a autoengañarnos.
  • Decidir según las modas y hacer lo que otros hacen porque parece tener sentido.
  • Precipitarse y arriesgar más de lo necesario, sentirse apremiados por el tiempo, cuando en realidad son pocas las decisiones que requieren urgencia.
  • Confiar demasiado en la intuición, cuando solo es válida para un gran experto en el tema. Además, esa intuición es razonable.
  • Ser prisionero de las propias ideas, costándonos mucho salir de nuestra postura inicial o aceptar críticas.
  • No considerar las consecuencias de nuestras decisiones y dejar de ver más allá de lo evidente.
  • Sobrevalorar el consenso en la toma de decisiones y apoyar ideas de la mayoría dominante. En ocasiones se pierden opiniones individuales valiosas.
  • No llevar a la práctica lo que hemos decidido. A la decisión le tiene que seguir la acción.


Una solución errónea al problema equivocado es mucho peor que la solución errónea al problema correcto.

Tener en cuenta estos puntos puede ayudarnos a tomar la decisión más óptima desde nuestra perspectiva, es decir, que sea satisfactoria. Esto sucederá siempre que exista claridad sobre lo que debemos decidir. Es clave definir con exactitud el problema, porque es ahí donde inicia el mayor error al tomar una decisión.  

Definición del problema

En Harvard Business Review, Paul Nutt presentó como ejemplo de una decisión errónea a la expresidencia del Departamento de Reclamaciones de Ohio, donde se amontonaban las solicitudes de subsidio de seguridad social. El director y su equipo analizaron el problema y decidieron agrupar las reclamaciones similares para tramitarlas en bloque. Sin embargo, el análisis no detectó el motivo del aumento de las solicitudes. 

El equipo se enfocó en solucionar los síntomas y no la causa de estos. Este tipo de decisiones se denominan "parches" y son erróneas. Implicó la inversión de recursos, como tiempo, dinero e infraestructura, y luego el equipo advirtió que el manejo de las solicitudes era insostenible. Al final, se trataba de un tema legal, con vacíos, y la notificación a las autoridades por parte del equipo de Ohio solucionó el problema.  

Una solución errónea al problema equivocado es mucho peor que la solución errónea al problema correcto. En el segundo caso, al menos se identificó con claridad lo que sucedió y la solución correcta puede significar solo un ajuste en el rumbo inicial tomado. Sin embargo, en el primer caso, hay que volver al inicio, cuando ya se han realizado esfuerzos innecesarios y en los que un ajuste sobre la marcha suele ser inefectivo. 

La identificación del verdadero problema sobre el cual decidir es la base de todo el proceso que implica tomar una buena decisión. Hay que analizar los síntomas y tener en consideración sus aspectos más importantes para otorgar una mayor posibilidad de éxito en un proceso de toma de decisión. ¿Consideras que la decisión debe partir de la definición del problema? Déjanos tu opinión.

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