Cuarentena: Quiebre y "efecto resorte"

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Al igual que los resortes, los comportamientos sociales pueden deformarse aplicando suficiente fuerza y retornar a la normalidad en su ausencia. ¿Cómo aplicar este concepto en la lucha contra la COVID-19?

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Fuente: Andina

Hace menos de un mes, las encuestas mostraban que la cuarentena (aislamiento social obligatorio) tenía una aceptación alta entre la población y el hashtag #QuédateEnCasa lideraba las tendencias en redes sociales. Sin embargo, durante las últimas semanas, se ha registrado cada vez más movimiento en las calles ¿Qué sucede y qué puede ocurrir en el futuro? 

Desprotección e incredulidad 

La primera razón que explica la situación actual es la desprotección. Las encuestas revelan que la población teme más al hambre que al virus. Los bonos se han enfocado en empleados formales (retiro de AFP, adelanto de CTS, etc.) y en los más pobres (bono 380, canastas, etc.), pero los estudios sociales demuestran que dos tercios de la población peruana son no-pobres con dinámicas económicas informales. Este segmento no dispone de canales de interacción con el Gobierno y, sin ingresos ni bonos, la necesidad los impulsa más a retomar sus actividades. 

En segundo lugar, la baja credibilidad en el sistema (la "institucionalidad") reduce la intención de cumplir las indicaciones. Pocos sienten al sistema como suyo y que trabaja para su beneficio. En las regiones del norte, por ejemplo, pesa el incumplimiento de las promesas de reconstrucción posteriores al El Niño costero.



Por su parte, en Iquitos, el abandono institucional tiene una historia mucho más larga y en las zonas altoandinas, las rondas muestran ser más efectivas, ya que tienen mayor respaldo social que el Gobierno central, regional y municipal. 

Y mientras que en nuestro país se tienen estos desafíos, en Uruguay y Costa Rica, la institucionalidad ha sido el factor de éxito. 

Cambios de conducta

La solución no puede consistir en aumentar el patrullaje ni ofrecer bonos más jugosos. Ya no es momento para tomar estas medidas. Con una población en creciente resistencia y un aparato estatal cada vez más agotado, no es sostenible tensar el resorte social por mucho más tiempo. Entonces, ¿qué camino nos queda para controlar los contagios? 

Los resortes no siempre regresan a su forma original. Cuando se les aplica una fuerza mayor a sus límites elásticos, los resortes cambian su forma de manera permanente y ya no requieren forzarse. Este concepto se llama "comportamiento plástico" y puede aplicarse en grupos sociales mediante programas de modificación de conducta, los cuales tienen un horizonte temporal más corto. Veamos algunos de sus lineamientos. 

El primer punto es definir qué conducta se busca. Ahora que se impone el regreso a la vida fuera de casa, el Gobierno debe fijar un estándar único de comportamiento ciudadano, asociado al concepto de "nueva normalidad". Muchos hemos escuchado el término, pero nadie sabe en qué consiste o cómo será. 

Lamentablemente, la definición de este concepto se está delegando a la espontaneidad y el azar. Por efecto resorte, la tendencia será retornar a la "vieja normalidad", como se viene dando en los paraderos de buses y en Gamarra. En cambio, esta es la oportunidad para tender puentes con la informalidad y reivindicar al sistema, de modo que la contención del virus involucre (ahora sí) a todos. 

Diseño de la nueva normalidad

Las pocas indicaciones disponibles para la ciudadanía son lavarse las manos, usar cubrebocas y guardar la distancia de uno a dos metros. En el mundo real, en espacios como los mercados, estas indicaciones son confrontadas con la urgencia del día a día y con las infraestructuras precarias, lo que relativiza su cumplimiento. 

Resulta necesario diseñar modelos claros sobre cómo los vendedores deben atender al público, cómo los estibadores deben reabastecer los locales sin romper el orden y qué comportamientos deben exigir los compradores frente a un estand. Las indicaciones deben ser claras, apoyadas con referencias visuales y señaléticas. Formatos como el servicio delivery ya tiene modelos de atención. Pero el comercio informal, que es mucho más extendido, sigue sin haber un modelo más seguro. 

Debemos relativizar el hecho que la nueva normalidad no es igualmente exigible para todos. Si antes de la pandemia había más de una normalidad, no es realista pretender que todos se adecuen a la nueva con la misma facilidad. Las políticas públicas deben diferenciar la existencia de distintos escenarios. Por ejemplo, el lavado de manos no es alcanzable en todos los sectores, incluyendo muchas dependencias gubernamentales y hospitales. 

En estos casos, un protocolo de baños debe acompañarse de financiamiento y capacitación inicial, seguido de mecanismos de auditoría interna para su mantenimiento. Y debe ser universal, incluyendo en el programa a los negocios informales. 

Pero no todo lo informal se debe integrar. Es clave eliminar conductas como el uso de taxis colectivos. Son nefastos para el tráfico y son focos de contagio, pero aún resultan atractivos por su rapidez. Los beneficios de la informalidad suelen percibirse como superiores a sus riesgos, por ello, las alternativas formales deben mejorar sus condiciones a gran escala. Los colectiveros deben recibir sanciones más efectivas y reubicarse en actividades más funcionales. 

Retos pendientes

Este plan puede ser nuestra última chance de contener el desborde sanitario, pero debe considerar escenarios y etapas de aproximaciones sucesivas. También es importante reconocer las deudas institucionales con distintos sectores, en que el trabajo comunicacional debe tener un rol educativo y reivindicativo. Publicar flujos de trabajo, incluir la participación ciudadana y disponer de datos abiertos aumentarían su legitimidad. 

Nuestra sorpresiva baja contención de la COVID-19 (pese a ser los primeros en aplicar las medidas en la región) ha sacado al PBI como tema protagónico en los debates y está forzando la atención de asuntos postergados por mucho tiempo, como el sistema de pensiones, la capacidad hospitalaria, las ciclovías, el teletrabajo y el apoyo a la ciencia. 

Sin embargo, el acercamiento al sector informal y la construcción de institucionalidad aún siguen sin discutirse. Estos no son asuntos ajenos a la emergencia sanitaria. Su "efecto resorte" está moldeando la forma de la curva de contagios. El momento de cambiar es ahora.

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