Si nos damos cuenta, cada cierto tiempo reaparece el conocido esquema Ponzi1 o pirámide, un sistema de inversión que promete altos réditos. Recuerdo por lo menos dos oportunidades en que todo Lima fue embaucada por los cantos de sirena de las pirámides:
La primera a inicios de los años 80, una fiebre de reuniones caseras nos ofrecía altos retornos en solo 3 semanas, me libré de la debacle gracias a la escases de mi billetera, pero confieso que de haber tenido algún pequeño capital, habría probado suerte. Sobre la segunda no necesito contarles mucho, sobran los aportantes de CLAE que nos podrían contar sus desventuras.
Menciono esto al escuchar nuevamente hablar de la necesidad de contar con empresas públicas. Sin embargo, en el debate nos olvidamos de algo: una cosa es la muy respetable y científica teoría y otra, la voluble y desventurada práctica; o más castizamente expresado, una cosa es con guitarra y otra con cajón.
Coincidimos, como no podría ser de otra manera, con los argumentos teóricos expuestos sobre la necesidad de que el Estado debe cubrir la ausencia de la empresa en zonas y sectores sociales vulnerables de nuestro país, pero cuando aterrizamos en el campo de la gestión pública y elegimos como herramienta para cubrir este vacío a la empresa pública, caemos por enésima vez en el mismo error, pues olvidamos la ineludible interacción entre las políticas públicas y las instituciones.
La única política pública que nos puede dar resultados es aquella que se diseña considerando las características de las instituciones y organizaciones que las van a ejecutar y las del entorno que las van a controlar. Recordemos que la empresa pública es un ente mucho más complejo que una empresa privada, pues para obtener resultados necesita un sistema de control social muy eficiente, e irónicamente, su creador será también su primer enemigo.
En un país de instituciones débiles, es la discrecionalidad de los individuos la que asume las decisiones y aquí es donde empiezan los problemas, pues un país sin partidos políticos fuertes, con cacicazgos locales politizados en medio de un proceso de descentralización problemática, con demandas sociales que afloran día a día, la proclividad al populismo influirá en las nuevas empresas públicas no solo en la selección del personal, sino en la determinación de las tarifas a cobrarse, el tamaño de la organización y el establecimiento de los objetivos y metas institucionales, así como en la evaluación de sus resultados.
Por lo tanto, el bien público final o el "aquí todos vamos a ganar", aquel que buscaban alegremente todos los participantes en nuestro esquema de la pirámide de los 80, se irá alejando cada vez más y más, y solo ganaran aquellos que estuvieron cerca a alguna desprestigiada gerencia o a algún ventajoso contrato.
¿Qué se necesita entonces para que funcionen bien las empresas públicas? Una fuerte orientación de nuestra sociedad hacia la competitividad y los mecanismos de mercado, una burocracia pública profesional, una contraloría y sistema judicial sumamente eficientes y una clase política madura para obtener resultados, pero creo que lamentablemente aún estamos a algunos años de cumplir con estos requisitos.
Si queremos resultados, primero trabajemos las bases de una gestión pública profesional y eficiente, fortalezcamos las instituciones y combatamos las desviaciones personalistas en los gobiernos central, regional y local, dirijamos estratégicamente nuestras instituciones, busquemos resultados acercándonos al ciudadano y a la empresa y recién después, sobre bases sólidas, podremos aventurarnos en el siempre riesgoso campo de las empresas públicas.
¿Cómo evalúa usted actualmente la eficiencia de las empresas públicas? ¿Qué otras medidas aplicaría para mejorar este sector?
1 Carlo Ponzi, nacido en Parma, Italia en 1877, emigró a Boston con 21 años en 1903 y falleció en un hospital de Río de Janeiro en 1949 en la total pobreza. Creó el ilegal sistema de estafa piramidal conocido como el "Esquema Ponzi".

Profesor de la Maestría en Gestión Pública de ESAN
Efectivamente Sr. Oscar, considero al igual que usted establecer bases sólidas acertadas al fortalecimiento de las instituciones públicas que no tienen porque seguir cargando la cruz de ineficientes por falta de profesionalismo en algunos casos y por la desbordante corrupción e impunidad en otros, factor común en las distintas gestiones públicas hasta hoy.
Sería factible quizás que las empresas públicas sean certificadas en gestión de calidad al igual que sus órganos de control, que al menos garantice que se gestionan y fiscalizan bajo estándares internacionales. Por otro lado, considero a un Estado más promotor en gestión empresarial que amplíe la base de contribuyentes formales, incrementando los ingresos fiscales que le permitan ser más eficientes en la atención en salud, educación, defensa, etc.
El principal problema en el Perú es la corrupción, y mientras no se solucione, las empresas públicas serán un sueño lejano. Otro inconveniente es que el empresariado público cambia cada 5 años, puesto que se va la administración y viene otra nueva, eso puede desmotivar al trabajador dado que asume que solo estará 5 años, y por la costumbre de cambiar cabezas, poco es el estímulo para que los trabajadores deseen destacar. Al usuario anterior, el esquema Ponzi no es muy creíble.
Con todo respeto debe precisar que no es lícito comparar el sistema Ponzi con las empresas públicas. Lo asertivo es afianzar una gestión ejecutiva, con filosofía empresarial, en la conducción de empresas estratégicas que deben ser públicas. No podemos esperar calendas griegas para reintentar este esquema, superando desvirtuaciones y escollos de negación-negación que el neoliberalismo ha establecido por años desde cátedras hasta empresas de cualquier nivel.
Nos precisa un cambio de rumbo, hay países de plena democracia que mantienen y desarrollan empresas públicas rentables. ¿Por qué en el Perú negamos esta posibilidad? Pareciera que tratásemos de defender intereses exclusivamente privados, seamos más amplios de criterio. Me permití plantear opiniones diversas, pero al parecer por no ser gratas, al no seguir a puntillas las exposiciones, jamás me he beneficiado con un comentario que tal vez permita un nivel de reflexión.