¿Cómo podemos gestionar nuestras emociones?

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Un jefe o un colaborador que no sabe gestionar sus emociones o las reprime puede explotar en situaciones de gran tensión y dañar la comunicación con el equipo de trabajo. Es mejor conocerlas a tiempo para autorregularlas.

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En la actualidad, las empresas establecen habilidades blandas necesarias en sus perfiles de candidatos, para sus promociones y para el high potential en el que invertirán. Estas habilidades suelen estar vinculadas con la capacidad de relacionarse con los demás y por lo general son más solicitadas en puestos ejecutivos o altos cargos de la pirámide organizacional, donde existe mayor interacción. La gestión emocional es trasversal a todas ellas, ya que implica tomar en cuenta emociones propias y ajenas al comunicarse. 

Un grave problema

Un ejecutivo sin inteligencia emocional no obtendrá los resultados deseados o, si los obtiene, no serán sostenibles en el tiempo debido al pésimo clima laboral que generará. Si un gerente no puede sobrellevar momentos de frustración, es muy posible que explote al mínimo cuestionamiento de algún colaborador. Además, no será capaz de motivar  o influir en su equipo durante situaciones de cambio. 

La gestión emocional no implica eliminar emociones consideradas negativas, como la rabia o la tristeza. Todas son necesarias para adaptarse al entorno, pero en intensidades razonables. El gerente que debe tomar una decisión no puede hacerlo en una intensidad alta de alegría o tristeza, porque se ubicaría en un escenario demasiado optimista o pesimista y no visualizaría con claridad los aspectos necesarios.  

¿Cómo mejorar?

Según Daniel Goleman, tenemos cinco niveles en el desarrollo de nuestra competencia emocional. El primero es el autoconocimiento o dominio de uno mismo. El segundo, la autorregulación, es decir, manejar nuestras emociones y los impulsos perjudiciales. El tercer nivel es la motivación. El cuarto, la empatía: comprender a los demás, percibir sus emociones y perspectiva e interesarse en ellos. Y por último tenemos a las destrezas sociales, como la influencia en los otros.



La gestión emocional no implica eliminar emociones consideradas negativas, como la rabia o la tristeza. Todas son necesarias para adaptarse al entorno, pero en intensidades razonables.

Podemos gestionar nuestras emociones en forma inmediata y urgente, por ejemplo, cuando tendremos una reunión con un colaborador con el que nos encontramos sumamente enfadados. En este caso, nos sirve respirar con el diafragma. También funciona contar, aunque lo tomemos a broma, para dar tiempo a que nuestro cerebro racional se active, ya que el emocional siempre reacciona antes. 

Ante un determinado acontecimiento, voy a tener una interpretación o pensamiento sobre el mismo y este pensamiento me generará una emoción. Si el jefe llama por teléfono a su colaborador, este puede pensar que lo amonestará  y eso le generará miedo. En cambio, otro colaborador puede pensar que se le encargará trabajo adicional y le causará rabia. Otra posibilidad es que piense que su jefe le agradecerá por el trabajo realizado, lo que provocará alegría. Entonces, una gestión a largo plazo implica observar y cuestionar los pensamientos que nos disparan ciertas emociones. 

Es importante tener disponibles todas las emociones, conocerlas y conocernos a la vez. Generar optimismo, determinación o prudencia, cuando se necesite. Al reprimir las emociones, estas se acumulan y en algún momento saldrán de forma incontrolable, de tensión, e incluso a través de enfermedades. Un ejemplo es el estrés, que puede generar problemas fisiológicos si no se libera mediante actividades de distracción, relajación o disfrute. 

Competencia emocional

Además del autoconocimiento, para el aprendizaje de la gestión emocional puede ser necesario el apoyo de un coach, un mentor, psicólogos o los propios líderes de la empresa. Cuando el colaborador finalmente sepa gestionar sus emociones y las combine con habilidades duras, como los conocimientos adecuados del puesto y de la empresa, tendrá muchas más probabilidades de éxito y desarrollo profesional. 

Una persona con competencia emocional entiende mejor las causas de esas emociones, tolera mejor la frustración y controla su rabia. Sabe expresar de forma adecuada su enojo y entiende puntos de vista distintos al suyo. Además, mejora su capacidad de escucha, es cooperativo, ayuda y comparte. Por ello, es importante saber qué espera la empresa de él. Y tú, ¿cómo demuestras que sabes gestionar adecuadamente tus emociones? Cuéntanos tu experiencia.

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