Sociedad, ejecutivos y ética combi

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Es un minicuento de terror que no te dejará dormir porque la realidad supera la ficción. ¿En qué se diferencia el chofer de combi con el ejecutivo corrupto? ¿Es posible revertir la crisis de valores? Descúbrelo aquí.

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Fuente: Agencia Andina

Se levanta a las cuatro de la madrugada, agotado, porque ayer guardó el carro casi a medianoche. Bañarse no está entre sus hábitos ni entre sus posibilidades. Sería estúpido hacerlo cuando solo cuenta con un cilindro de agua que ha costado 20 soles y debe rendir para todos los usos familiares de una semana. Toma un mal desayuno, si es que toma algo. 

En el camino, golpea la puerta del "palanca" (cobrador), que ya está casi listo. Ambos caminan silenciosos hacia otra jornada de 16 horas al volante, 30 días al mes. Las ganancias dependerán de cuánto aceleren, adelanten, demoren, atrasen e ignoren cualquier ley, cualquier regla y cualquier buen modal. 

Se trata de un mundo de "supervivos", donde gana quien hace lo que sea y se sale con la suya. En ese mundo tienen que sobrevivir si quieren darle de (mal) comer a sus familias. En su mundo no hay lugar para los tontos ("monses", "lornas") y menos para el que no se atreve a transgredir, para el que da las cuentas completas, para el que sigue las reglas ni para el que paga las multas.



El problema no es individual, sino sistémico. "Si vives en un país de 'capitalismo' combi, solo te queda jugar bajo las reglas de la ética combi", se excusarán algunos.

Aquí no hay salida individual porque el problema es sistémico. Si pretenden sobrevivir en una ciudad combi, con un sistema combi, con autoridades corruptas que lucran del sistema combi, es lógico que hayan desarrollado su ética combi. 

Mundos paralelos 

Más que hablar del aterrador sistema comisionista afiliador (El Chosicano, Orión y las víctimas son solo subproductos imprescindibles de este sistema), hablemos de algo mucho más terrorífico que un chofer de combi sin SOAT, sin licencia y con multas que valen más que el vehículo que conduce. 

¿Qué pasa si estamos en un país donde, incluso, el ejecutivo graduado de una lujosa universidad privada, con posgrado caro, tal vez en el extranjero, vestido por Armani, que usa iPad, iPhone y Mac, que conduce un BMW y que tiene un excelente empleo en una gran compañía, también vivieran gobernados, inconscientemente, por la ética combi? 

Solo un ejemplo. Cuando quieres construir un edificio, solo los "tontos" siguen las reglas. Los "vivos" saben que se puede conseguir el cambio de zonificación para hacer veinte pisos donde antes solo se podían construir diez. Puede manipularse el "silencio administrativo" o aceitarse a quien convenga. (Cada uno de ustedes, en su propio sector, sabe cómo pueden hacerse estas y otras miles de "vivezas"). 

Ejecutivos y sociedad del terror 

No es casualidad que Odebrecht haya elegido Lima para instalar su oficina central de Operaciones Estructuradas (oficina oficial para la corrupción, sobrevaluación y comisiones ilegales para Latinoamérica). Preguntado por un fiscal brasilero, Marcelo Odebrecht nos "halagó" diciendo que "en Lima se daban todas las condiciones para realizar este tipo de operaciones". 

Qué mejor prueba de que somos el lugar ideal para traficar, conspirar y robarle al Estado, que el hecho de que el cóctel al que asistía Baratta en Lima estaba repleto de lo más exquisito de nuestra alta sociedad y nuestra política, quienes, obviamente, "no sabían nada", aunque, "sin saberlo", se beneficiaban de las adendas, porque eran subcontratistas de Odebrecht. Reitero enfáticamente, "no sabían nada". Solo incrementaban sus ganancias con la corrupción. Nada más. 

Entonces, si nosotros, desde nuestras posiciones de privilegio, aprovechamos las debilidades del sistema legal y formal para salirnos con la nuestra, ¿con qué cara criticamos a aquellos que violan las reglas para sobrevivir a duras penas? ¿De qué manera es posible cambiar esta situación? Compártenos tu opinión.

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