Ruido político, incertidumbre de la población y expectativas

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Los acontecimientos políticos que se viven actualmente en el Perú han colmado el ambiente de desazón y desilusión. Así, el presente y el futuro resultan inciertos, pero ¿qué podemos hacer?, ¿es posible que el panorama mejore?

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Fuente: Agencia Andina/ Héctor Vínces

Deseo empezar comentando que este artículo no trata de un análisis económico de la situación actual. Es una reflexión personal que busca recoger el sentir de la gente de a pie, del taxista pesimista con quien converso al tomar una carrera, de la ama de casa que siente que las cosas no mejoran, de la persona que limpia carros y que se siente defraudado de los políticos en quienes creyó, del corredor inmobiliario que siente que las ventas y alquileres se han estancado, de mis amigos profesionales que sienten incertidumbre porque sus empresas empiezan a pensar en reducir costos, y por último de mí mismo que siento que la política ha perdido valor y la justicia credibilidad.

Veo con preocupación que la gente está desanimada y desilusionada. Todos sentimos que la economía cotidiana, esa que nos afecta a cada uno de los ciudadanos se ha detenido y eso pareciera estar creando una percepción de crisis que nos envuelve en una espiral de decisiones que están empezando a tener impacto en nuestras vidas. El pequeño empresario que ha decidido despedir a dos colaboradores suyos en respuesta a la disminución de sus ventas, la familia que decidió posponer la compra de un departamento propio, el joven que por ahora descarta estudiar su maestría ante la incertidumbre, son respuestas al ambiente de zozobra que vivimos.



Un ambiente enrarecido políticamente más allá de que nos permita tomar partido por una u otra posición, genera un ambiente de confrontación que nos enfrasca en discusiones interminables.

Ya me cansé de revisar los mismos tuits todos los días y leer los comentarios hirientes que van de un bando al otro acusándose mutuamente de corruptos, de mentirosos y de criminales. Fujimoristas, anti fujimoristas, caviares, opinólogos independientes y toda suerte de otras tendencias políticas e ideológicas hacen gala de una verborrea incendiaria en las redes sociales despachándose a sus anchas contra los supuestos enemigos. Es cierto que en este contexto y con el uso de las redes sociales se han democratizado las opiniones, pero también ha ocurrido el efecto de un envilecimiento de la palabra usada como arma irracional e iracunda que no invita a la reflexión sino que busca hacer daño en el otro.

El común y corriente de los ciudadanos tenemos una vida que vivir y retos diarios que afrontar. Un ambiente enrarecido políticamente más allá de que nos permita tomar partido por una u otra posición no ayuda a que nuestro día a día sea más llevadero, por el contrario, genera un ambiente de confrontación entre familiares, amigos o simplemente con personas anónimas con quienes nos enfrascamos en discusiones interminables.

Sobre los actores políticos

El descrédito político contribuye a alejar cada vez más a los profesionales capacitados de tentar una curul, por temor a ser considerados parte de esa clase desprestigiada. Ellos no están dispuestos a sacrificar su esfuerzo y prestigio personal por una causa que parece perdida. Cuando la justicia no es justicia sino que se ve secuestrada por la corrupción, se genera un repudio general contra los jueces y el sistema judicial. ¿Cuántos jóvenes con aspiraciones profesionales legítimas y vocación de servicio público estarán dispuestos a quemarse en esta hoguera que consume a quien se acerca? Estoy seguro que cada vez menos y esa sería una tragedia para el futuro institucional de nuestro país.

¿Qué hacer ante esta situación? La respuesta no es sencilla porque hay una gran parte de responsabilidad que recae en los actores políticos pero también otra parte que depende de nosotros mismos, de animarnos a ver la vida con optimismo. Toda crisis es una oportunidad para mejorar y se debe empezar por casa, enseñar a nuestros hijos que hay esperanza, tratar mejor a nuestra pareja y padres, dedicar tiempo a esos viejos amigos olvidados, apreciar las pequeñas satisfacciones que nos da la vida, respetar al prójimo y no ceder a nuestros impulsos violentos cuando el tráfico nos llena de tensión.

Todas esas acciones aunque pequeñas son una forma de generar un mejor ambiente en torno a nosotros. Las expectativas también pueden funcionar en el sentido positivo, solo hay que atreverse a cambiar uno mismo para que los que nos rodean empiecen a sentir el efecto. ¿Se imaginan si todos empezamos a ver las cosas diferentes?

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