¿Protagonista o espectador?

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Hágase la pregunta tanto en la vida empresarial como personal. Si es de las personas que está cayendo en la monotonía, este artículo puede ayudarlo a empezar a ser innovador y a convertirlo en el protagonista de su vida.

El título es prestado de una conferencia de Álvaro González Alorda sobre Marketing e Innovación. Álvaro señalaba que los inconformistas gustan aprender y arriesgar para dejar de ser espectadores y pasar a ser protagonistas.

Hablar de innovación es fácil aunque seguramente más sencillo resulta caer en el marasmo del día a día de un trabajo monótono y sin grandes desafíos. Una vida sin desafíos es una vida plana, si es que siquiera puede llamarse vida.

La semana pasada, cerrando un curso de competencias gerenciales, compartí lo que un buen ejecutivo de 48 años me había contado recientemente. Su trabajo, de 9 a.m. a 5 p.m., era aquello que interfería diariamente en su vida. A su salida, navegaba por Internet, estudiaba, aprendía cosas nuevas y por las noches, aprovechando su renovada soltería, jugaba pelota y en ocasiones completaba su "dosis de vida" con divertidos amigos y amigas.

Este personaje parece innovador en su estilo de vida, protagonista de una historia que renovaba capítulos estimulantes con frecuencia. Claro, sin considerar esa pequeña interferencia en su vida, su trabajo de 9 a.m. a 5 p.m., de lunes a viernes.

¿Cómo hacer que la innovación sea parte de nuestro trabajo? Tal vez la mayor excusa -siempre la realidad es la mayor excusa- es que tenemos un jefe al que no le gusta que sus empleados hagan olas sino que sean soldados cumplidores del trabajo asignado; u otras excusas -realidades- parecidas.

Me vienen a la memoria dos lecciones importantes que me dejaron valiosos consultores con los que tuve la suerte de toparme en el trabajo. Primero. La habilidad que diferencia a los grandes ejecutivos es su capacidad de influenciar a sus jefes. ¿Cómo puedo convencer, enamorar y seducir a mi jefe con mis ideas para que abrace cambios? Segundo. Toda empresa debe tener tres tipos de objetivos: de reparación, de mantenimiento y de ruptura.

Nuestro jefe, persona al fin al cabo, seguro que tiene miedos, inseguridades, aspiraciones y esperanzas. ¿Puedo ser capaz de conocer los hilos que mueven su voluntad? ¿De iluminar su vida con nuevos desafíos? Simultáneamente, si me propongo este desafío personal, pues ya tengo mi primer objetivo de ruptura. Aprender a conectar, no a comunicar, dice John C. Maxwell.

Los objetivos de reparación están relacionados con lo que se debe mejorar, ya que la empresa, el área o uno mismo está en déficit. Por lo tanto, lo único que queda es reparar la situación y allanar el camino. En sí mismo no significa una ventaja competitiva.

Los objetivos de mantenimiento son aquellos que permiten a la empresa, el área o a uno mismo mantener una ventaja diferenciadora frente a la competencia. Es la mejora continua. Sin embargo, son los objetivos de ruptura los que rompen con la curva de crecimiento modesta, logrando una mejora dramática y trazando una curva de pendiente pronunciada en breve tiempo. Son un desafío que hacen vibrar al equipo y permiten sentir que en la vida bien vale ser inconformista. Entonces aprendemos, entonces arriesgamos.

Cuando los padres damos todo a nuestros hijos que queremos tanto, apenas abren la boca -a veces ni siquiera eso necesitan para que estemos corriendo detrás de ellos ofreciéndoles todo-, lo que estamos haciendo en realidad es privarlos de logros. Lo más triste es que los estamos privando de la satisfacción de lograr algo por sí mismos, de  desafiar sus habilidades y que obtengan algo por sí solos.

Tal vez de adultos nos está pasando lo mismo, tal vez nuestro jefe lo esté haciendo con nosotros, tal vez nosotros lo estemos haciendo con nuestra gente, privarlos de la satisfacción de vida que significan los logros. Privándonos de ser protagonistas. Este cambio de gobierno puede ser pretexto de un cambio de régimen en nuestras propias vidas.



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